Los últimos resultados de las pruebas PISA volvieron a poner en el centro de la escena el estado de la educación argentina. La evaluación internacional, que mide cada tres años el desempeño de estudiantes de 15 años en más de 90 países, arrojó para Argentina los peores números de las últimas dos décadas: un promedio de 367 puntos en Matemática, 389 en Lectura y 393 en Ciencias, todos por debajo de la medición de 2022 y, en el caso de Lectura y Ciencias, los más bajos desde 2006. En Matemática, además, se trató del registro histórico más bajo de toda la serie nacional.
El 48,8% de los adolescentes argentinos evaluados tuvo un desempeño bajo de manera simultánea en las tres áreas, frente a un promedio del 19,7% entre los países de la OCDE. En el otro extremo, apenas el 1,2% alcanzó los niveles más altos de rendimiento en al menos una disciplina, contra el 11,9% del promedio de los países desarrollados. A nivel regional, Argentina quedó octava entre trece países latinoamericanos evaluados, y a nivel global ocupó los puestos 71 en Ciencias, 62 en Lectura y 75 en Matemática entre 91 sistemas educativos.
Un problema que empieza antes de los 15 años
En diálogo con Ana Pedraza y Gabriel Sanzano en La Tucumana de Mañana (FM La Tucumana 95.9), la especialista en alfabetización Alejandra Huespe planteó que estos números, aunque alarmantes, no deberían leerse en clave de disputa política. Consideró que existe una tendencia a utilizar los resultados de PISA para atacar a la gestión de turno, cuando lo que se necesita es que quienes conducen el sistema educativo los tomen como punto de partida para diseñar una planificación de largo plazo. En esa línea, habló de una “miopía educativa” que lleva a cambiar de rumbo cada cuatro años según el ciclo político, cuando la educación obligatoria exige una trayectoria de doce años sostenida en el tiempo.
Huespe remarcó, además, que PISA no mide la alfabetización inicial: evalúa la capacidad de procesar información en jóvenes de 15 años bajo el supuesto de que ya saben leer y escribir con soltura. Sin embargo, señaló que desde 2017 viene detectando, a través de sus docentes en formación, casos de estudiantes que ingresan a primer año del secundario sin estar completamente alfabetizados. Para la especialista, ahí está la raíz del problema que después aparece reflejado en las evaluaciones internacionales.
Ni un solo método, ni una sola causa
Frente a ese diagnóstico, propuso abandonar la mirada reduccionista y entender la alfabetización como un fenómeno complejo, que combina dimensiones lingüísticas, cognitivas, sociales, históricas, geopolíticas y hasta estéticas. Sobre la histórica disputa entre la enseñanza basada en la conciencia fonológica y los enfoques constructivistas —muchas veces asociada a posiciones políticas conservadoras o progresistas—, sostuvo que no existe evidencia científica de que un método sea superior a otro, y que las aulas heterogéneas exigen que los docentes cuenten con herramientas variadas para adaptarse a cada estudiante.
También puso el foco en las condiciones materiales: la infraestructura escolar, la disponibilidad de libros, la situación laboral docente y la vulnerabilidad de muchos hogares inciden tanto como cualquier método pedagógico. A esto se suma el impacto de la pandemia de Covid-19, que afectó los aprendizajes por el hacinamiento en las aulas, la falta de dispositivos en las familias y las secuelas psicoafectivas del aislamiento y las pérdidas. Como problemas del nivel secundario, Huespe mencionó el ausentismo estudiantil y la sobrecarga de los docentes, y planteó como posible respuesta que los cursos cuenten con más de un profesor a cargo.
Celulares, inteligencia artificial y el debate pendiente
Otro de los ejes de la entrevista fue el cambio en las formas de leer y escribir que impone la tecnología. Huespe consideró necesario desarrollar la alfabetización mediática en las escuelas, garantizar la conectividad e incorporar el celular y la inteligencia artificial a proyectos pedagógicos con objetivos claros, como la escritura colaborativa, en lugar de prohibirlos sin más. El propio informe de PISA 2025 aporta evidencia sobre este punto: el 55% de los estudiantes argentinos reconoció distraerse por el uso del teléfono en clase, una proporción solo superada por Uruguay y muy por encima del 28% promedio de la OCDE, mientras que el 58% dijo sufrir interrupciones por ruido y desorden en la mayoría de las clases de Ciencias, el porcentaje más alto entre los 91 países evaluados.
Qué pasa en Tucumán
La discusión también tiene una traducción local. Tucumán viene ejecutando desde mediados de 2024 un Plan Provincial de Alfabetización, y este año sumó la extensión de la jornada escolar en todos los niveles y gestiones, con la meta de que la totalidad de las escuelas supere las cuatro horas diarias de clase. Las últimas pruebas Aprender mostraron una mejora en Lengua, aunque con un avance más discreto en Matemática, materia que el propio Ministerio de Educación provincial identificó como uno de los ejes de trabajo para este ciclo lectivo. En paralelo, un programa piloto aplicado durante 2025 en 84 escuelas secundarias tucumanas, orientado a estudiantes que llegaban sin lectura autónoma ni escritura convencional, logró que buena parte de ese grupo alcanzara el nivel esperado en apenas cuatro meses de trabajo con pedagogías estructuradas fuera del aula.
Para Huespe, ese tipo de intervenciones confirma que el problema tiene solución, pero exige lo que definió como valentía social: discutir la educación sin atajos ni proyectos de corto plazo, y comprometer a toda la comunidad —familias, docentes y gestión— en un plan sostenido en el tiempo.