En un nuevo aniversario de la gran gesta patriota, la memoria nacional evoca el cruce armado que definió la continuidad de la gesta emancipadora en el Cono Sur. Corría el año 1812 y la Revolución de Mayo atravesaba su hora más crítica: tras una serie de severas derrotas en el Alto Perú (actual Bolivia), las fuerzas realistas comandadas por el general Pío Tristán avanzaban sin freno hacia el sur con el objetivo de sofocar el proceso revolucionario y recuperar el control del Virreinato del Río de la Plata.
Con un Ejército del Norte diezmado y replegado, el Triunvirato desde Buenos Aires ordenó al general Manuel Belgrano retroceder de manera sistemática hasta Córdoba. Sin embargo, en una lectura táctica y política que modificaría el curso de la historia, Belgrano comprendió que entregar el territorio norteño significaba dejarle la puerta abierta al enemigo hacia la Capital. Apoyado por el fervor de los vecinos tucumanos y la promesa de auxilio en hombres y recursos, el prócer decidió desobedecer la directiva central y plantar batalla en las cercanías de San Miguel de Tucumán.
Un combate caótico y un triunfo decisivo
El 24 de septiembre de 1812, las tropas patriotas —compuestas por un contingente maltrecho, desprovisto de armamento pesado pero fortalecido por milicias locales y gauchos decididos— se enfrentaron al ejército español en el Campo de las Carreras. Pese a la inferioridad numérica y a las difíciles condiciones de la contienda, la firmeza de los soldados locales y la sorpresiva táctica patriota desorganizaron por completo las filas enemigas.
El triunfo de las fuerzas criollas fue rotundo. Sorprendidas por la encarnizada resistencia, las tropas de Pío Tristán debieron emprender una desordenada retirada hacia el norte. El combate no solo salvó a la Revolución de una disolución casi segura, sino que alteró definitivamente la dinámica de la guerra de emancipación, demostrando en el campo de batalla que el ejército realista podía ser derrotado en suelo patrio.
Esta bisagra estratégica se consolidó meses más tarde, en febrero de 1813, con la victoria en la Batalla de Salta, donde los patriotas terminaron de replegar a las fuerzas virreinales hacia el Alto Perú. Aunque la campaña norteña enfrentaría posteriores reveses militares, el hito de Tucumán marcó el momento en que el movimiento revolucionario abandonó la postura defensiva y perfiló el camino institucional que culminaría cuatro años después, en 1816, con la firma de la Declaración de la Independencia en esa misma ciudad.
Devoción y gratitud: la Virgen de la Merced, Generala del Ejército
La dimensión histórica del 24 de septiembre se halla indisolublemente ligada a la religiosidad y la tradición popular tucumana. En las horas previas al enfrentamiento, sabedor de la disparidad de fuerzas, Manuel Belgrano encomendó la suerte de sus tropas a la advocación de la Virgen de la Merced, patrona de la ciudad.
Tras el desenlace favorable, el líder patriota atribuyó la victoria a la intercesión divina. En una ceremonia de profundo valor simbólico realizada en el templo local, Belgrano entregó su propio bastón de mando a la imagen santificada, nombrándola oficialmente como “Generala del Ejército del Norte”.
El gesto del prócer instauró un legado cultural y espiritual que perdura hasta el presente. Cada 24 de septiembre, el pueblo tucumano y el país conmemoran en simultáneo el triunfo militar y las festividades patronales, consolidando una fecha donde la fe, el heroísmo civil y la soberanía nacional se funden en un solo sentimiento patriótico.