Sociedad

16 de octubre de 2026

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Del balneario familiar al cauce enfermo: el río Salí acumula tres décadas de alertas sin respuesta

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Escribe: Redactor4

Nuevos análisis detectaron en 2026 niveles de coliformes fecales hasta 2.400 veces por encima del parámetro de referencia en el sector del puente Ingeniero Barros. Ambientalistas y científicos recuerdan que, hasta principios de los años 80, las familias tucumanas se bañaban y pescaban en sus aguas.

El río Salí atraviesa uno de los peores momentos de su historia ambiental. Muestras tomadas durante 2026 en distintos puntos del cauce revelaron una concentración de bacterias de origen fecal que, en el tramo más comprometido, llegó a superar 2.400 veces el máximo admitido. El registro más alto se obtuvo a la altura del puente Ingeniero Barros, en pleno corazón del área metropolitana.

Los estudios fueron procesados por la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (Eeaoc) a partir de muestras recolectadas por un equipo técnico que coordina el ingeniero Mario Amado, quien trabaja junto al legislador José Seleme. Según trascendió, las extracciones se realizaron en cuatro sectores: el dique La Aguadita, el puente Ingeniero Barros, el puente Lucas Córdoba y una zona ubicada al sur del conglomerado urbano. Los resultados dibujaron un patrón claro: la contaminación crece a medida que el río cruza la ciudad y disminuye una vez que la deja atrás.

El cuadro genera preocupación sanitaria entre quienes viven en las márgenes, expuestos al contacto con el agua y al consumo de peces extraídos en los sectores más afectados.

Una advertencia que tiene treinta años

El deterioro del Salí no es una novedad. En 1996, durante el Primer Encuentro Argentino de Ecología y Medio Ambiente realizado en Termas de Río Hondo, el ingeniero tucumano Antonio García, por entonces jefe del Departamento de Control Sanitario de la ex Dirección Provincial de Obras Sanitarias (Dipos), presentó un trabajo sobre unos diez kilómetros del río, en el tramo comprendido entre los canales Norte y Sur.

Aquel estudio midió la demanda bioquímica de oxígeno, el oxígeno disuelto y el pH del agua, tres indicadores básicos para evaluar el impacto de las descargas contaminantes. Ya entonces los resultados mostraban un deterioro progresivo en la zona más poblada de la provincia.

García identificó como principales focos el canal Norte, que transportaba líquidos cloacales de asentamientos y residuos de la industria citrícola; tres frigoríficos; los ingenios Concepción y San Juan; los canales Sur y San Cayetano; la planta depuradora de San Felipe y los vertidos cloacales sin tratar de Banda del Río Salí. Tres décadas después, las nuevas mediciones confirman que el problema no solo persiste, sino que mantiene una magnitud alarmante.

Cuando el Salí era un lugar de encuentro

El contraste con el pasado es elocuente. Imágenes de las décadas del 70 y comienzos de los 80 muestran a familias enteras disfrutando del río durante los veranos. El Salí funcionaba como balneario y como zona de pesca, con especies abundantes y de gran porte que hoy prácticamente no se registran en ese tramo.

Sergio Pérez, presidente de la Federación de Organizaciones Ambientales de Tucumán, contó que conoció el río a fines de los años setenta, cuando sus aguas eran transparentes, rebosaban de vida y todavía se podían pescar dorados. Explicó que en aquella época existían restricciones durante la zafra, por la contaminación que generaba la actividad azucarera, pero que el cauce se recuperaba el resto del año.

Para el ambientalista, el punto de quiebre llegó con el aumento de los vertidos industriales sin controles adecuados y con la expansión de asentamientos sobre las márgenes. Se mostró preocupado por quienes siguen pescando sin conocer los riesgos: describió que hoy hay peces tan debilitados que se pueden atrapar con la mano y que los propios pescadores aseguran que tienen olor a combustible. Cabe aclarar que determinar si esos ejemplares son aptos para el consumo requiere estudios específicos.

Pérez sostuvo que la recuperación del río solo será posible si autoridades, empresas, organizaciones sociales y especialistas trabajan en conjunto, más allá de las diferencias políticas.

Un río al que la ciudad le dio la espalda

El biólogo Martín Sirombra, de la cátedra de Ecología de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Tucumán, advirtió que el daño va más allá de la calidad del agua. A su juicio, la degradación provocó pérdida de biodiversidad, deterioro de las riberas y un freno al desarrollo urbano y turístico. Lamentó que San Miguel de Tucumán haya crecido durante décadas sin incorporar el río a su planificación, al punto de considerarlo perdido.

El investigador vinculó este diagnóstico con el proyecto legislativo “Miremos al río”, que busca reconstruir el vínculo entre la población y su principal curso de agua. También remarcó que los ingresos a la capital desde el aeropuerto y por la Ruta Nacional 9, con basura acumulada y sectores abandonados, ofrecen una mala carta de presentación a los visitantes.

Sirombra señaló que la cuenca del Salí sería la segunda más contaminada del país después de la del Río de la Plata, aunque se trata de una apreciación personal que no está respaldada por un ranking técnico. Para el biólogo, la solución no pasa por limpiezas aisladas ni por plantar árboles en algunos tramos: la contaminación empieza mucho antes de llegar al río, en la red de canales, arroyos y desagües que desembocan en él, y exige abordar causas estructurales como los asentamientos precarios, el crecimiento urbano desordenado y los residuos industriales.

La basura, un hábito naturalizado

Desde una mirada social, la paisajista Alba Herrera, integrante de Meta Tucumán, planteó que la acumulación de residuos responde tanto a falencias en los servicios públicos como a costumbres muy arraigadas. Herrera dirige un vivero dedicado a recuperar árboles nativos de las Yungas y del este tucumano, y durante el último año colaboró con la Dirección de Arbolado de la capital en barrios como Las Piedritas y La Costanera.

La ambientalista se preguntó en qué momento la sociedad empezó a ver como normal tirar y quemar basura, y advirtió que esas prácticas terminan perjudicando a los propios vecinos. Reconoció que en algunos sectores la falta de recolección empuja a las familias a buscar alternativas, pero señaló que también hay conductas contaminantes donde el servicio funciona. Como ejemplo, mencionó asentamientos sobre la avenida Francisco de Aguirre, junto al canal Norte, donde se arrojan desechos al cauce pese al paso de los camiones recolectores, y terrenos baldíos de la avenida Jujuy convertidos en basurales clandestinos.

El fenómeno tiene escala metropolitana: un relevamiento del Observatorio de Fenómenos Urbanos y Territoriales de la UNT contabilizó en 2023 cerca de 480 basurales a cielo abierto en el Gran San Miguel de Tucumán, varios de ellos sobre las márgenes del Salí y en las inmediaciones de la Autopista de Circunvalación.

Herrera atribuyó parte del problema a que muchas familias enfrentan urgencias como la inseguridad, el desempleo, las adicciones o la falta de alimentos, que relegan la cuestión ambiental. Sin embargo, recordó que la quema de residuos contamina el aire del barrio y que la basura en la calle termina en los canales con cada lluvia.

Siete años después, la misma postal

Alejandro Gómez, referente de la organización Tucumanos en Acción, contó que en 2019 su agrupación registró en fotos y videos el estado de varios canales del área metropolitana. En agosto de 2026 volvieron a los mismos puntos y comprobaron que nada había cambiado.

Gómez cuestionó que la respuesta oficial se limite a operativos periódicos de limpieza, como los del Plan Prelluvia, sin mecanismos permanentes que eviten nuevas acumulaciones. Admitió que esos trabajos mejoran momentáneamente el escurrimiento, pero los consideró insuficientes mientras sigan las descargas clandestinas. Agregó que su organización acercó propuestas a distintas comunas, entre ellas Cebil Redondo, sin obtener respuesta.

El dirigente destacó que recuperar ríos y canales traería beneficios que exceden lo ambiental: regulan la temperatura, favorecen la vegetación, generan espacios recreativos y valorizan las propiedades cercanas. Citó como ejemplo a Córdoba, donde el entorno de La Cañada fue integrado al paisaje urbano con arbolado y circulación peatonal, y contrapuso esa imagen con la de muchos canales tucumanos, con márgenes desmontadas, basura e inseguridad. A su entender, la provincia vive de espaldas a su río, cuando las grandes ciudades suelen desarrollarse a su alrededor.

Antecedentes que llegaron a la Justicia

La problemática ya tuvo derivaciones judiciales. A partir de un estudio encargado por el legislador Raúl Pellegrini y realizado en octubre de 2022 por el infectólogo Hugo Pizzi, que detectó bacterias coliformes y enterobacterias en el Salí, el abogado Alfredo Aydar presentó una denuncia penal contra la Sociedad Aguas del Tucumán (SAT) ante la Justicia Federal de Santiago del Estero, ya que el río desemboca en el embalse de Río Hondo y sus aguas continúan hacia la laguna Mar Chiquita, en Córdoba. En aquel momento, el entonces secretario de Medio Ambiente de la provincia, Alfredo Montalván, no negó la presencia de bacterias, pero relativizó su peligrosidad y aseguró que los valores se encontraban por debajo de las normas internacionales.

Una deuda pendiente

Los especialistas consultados coinciden en que el deterioro del Salí no responde a una sola causa ni se resolverá con acciones aisladas. Vertidos industriales, efluentes cloacales sin tratamiento, urbanización desordenada, basurales y pérdida de vegetación conforman un mismo entramado que afecta la calidad del agua y la salud de las poblaciones ribereñas.

A treinta años de las primeras advertencias técnicas y con siete años sin mejoras visibles en los canales relevados, la recuperación del río sigue siendo una cuenta pendiente para Tucumán. Según los expertos, revertir el proceso exigirá controles efectivos sobre los vertidos, tratamiento de efluentes, una política sostenida de gestión de residuos, restauración de los ecosistemas y una planificación urbana que devuelva el río a la vida cotidiana de la provincia.


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