Cultura

22 de octubre de 2026

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Francesc Torralba advierte sobre la delegación algorítmica: “Los tecnólogos se han convertido en los nuevos mesías”

En un análisis exhaustivo sobre la disrupción tecnológica, el filósofo y Premio Ratzinger examina cómo la cesión paulatina de la capacidad de decisión en favor de la inteligencia artificial vulnera la autonomía personal, homogeneiza la cultura y consolida la opacidad de las corporaciones privadas.

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Escribe: redactor_1

Nadie firma un contrato de adhesión explícito para dejar de decidir. La cesión del criterio

Nadie firma un contrato de adhesión explícito para dejar de decidir. La cesión del criterio propio ocurre de manera imperceptible, clic a clic, hasta que un sistema automatizado termina por elegir lo que antes requería una profunda deliberación personal. En una extensa reflexión sobre los dilemas de la era digital, el filósofo, teólogo y profesor universitario Francesc Torralba —ganador del Premio Ratzinger 2023 y autor de más de un centenar de obras— advierte sobre los riesgos de confiar las riendas de la existencia a la arquitectura algorítmica.

El pensamiento de Torralba sostiene que la libertad es una facultad costosa que exige discernimiento, asumir riesgos y confrontar la angustia intrínseca a la elección. Al carecer de emociones, conciencia o culpa, la máquina se ofrece como un remedio eficiente para ahorrarle al usuario el peso de la duda, cobrando como contrapartida la renuncia a un atributo genuinamente humano.

De las recomendaciones cotidianas a la crisis de la soberanía personal 

La delegación del juicio individual comenzó como una concesión menor y casi cómica en la cotidianidad: aceptar la ruta recomendada para el tránsito, el restaurante para la cena o la sugerencia de entretenimiento en las plataformas de streaming. Sin embargo, la preocupación central radica en la extrapolación sistemática de esa misma lógica hacia decisiones de alto impacto existencial y social, tales como los procesos de selección laboral, la formación del pensamiento político o la configuración de los vínculos afectivos.

El filósofo explica que la libertad exige la capacidad de elegir sin presiones ni coacciones. Al delegar esta facultad a un sistema de inteligencia artificial y obedecer ciegamente sus consignas, se renuncia a una virtud propia de la condición humana, tornando alarmante la transferencia de esta capacidad decisoria en la búsqueda de salidas para encrucijadas existenciales complejas.

Esta dinámica de renuncia progresiva se vincula directamente con procesos de indiferencia y desesperanza social. A diferencia de otros fenómenos históricos, la delegación algorítmica erosiona el criterio de manera inadvertida, instalando una dependencia estructural respecto de las herramientas digitales donde la búsqueda inicial de confort desemboca en la transferencia de valores corporativos no explicitados, la pérdida de sentido crítico y la posterior incapacidad de afrontar el conflicto personal.

La ilusión de la neutralidad: opacidad, sesgos y “mierdificación” cultural 

Frente a la creencia extendida de que los sistemas automatizados operan con objetividad, el pensador barcelonés enfatiza que las máquinas reflejan los sistemas de valores, creencias, prioridades y prejuicios de los tecnólogos que las diseñaron. No existen algoritmos neutros; la programación incorpora visiones del mundo que se aplican de forma opaca sobre millones de usuarios.

Esta falta de transparencia representa uno de los principales problemas éticos de la tecnología contemporánea, comenzando por la falta de explicabilidad de las denominadas cajas negras, mediante las cuales la ciudadanía desconoce los principios e intereses bajo los que se toman decisiones que afectan la vida familiar. A esto se suma un hermetismo lingüístico propio del sector tecnológico que genera tribus endogámicas y deja a la sociedad sin herramientas para ejercer resistencia crítica, junto a un esquema de recomendación orientado al consumo compulsivo que encierra al usuario en circuitos de contenido idéntico a sus gustos previos.

Este último fenómeno, conceptualizado por diversos analistas como un aplanamiento o “mierdificación” de la cultura, empobrece la experiencia intelectual. Al suprimir el contacto con lo extraño o lo complejo, el sistema desincentiva la gimnasia del pensamiento crítico heredada de la Ilustración, reduciendo al individuo a un consumidor predecible y polarizado.

La frontera antropológica: la máquina frente al ser encarnado 

Ante el auge de corrientes poshumanistas que buscan diluir las diferencias entre el ser humano y la máquina, Torralba reafirma los límites conceptuales de la antropología filosófica. Si bien el debate del siglo XIX se centró en la brecha entre lo humano y lo animal, el dilema del siglo XXI exige precisar la frontera entre la inteligencia biológica y la artificial.

El filósofo remarca que el ser humano es un sujeto encarnado y frágil, dotado de conciencia existencial, moral y trascendente, capaz de tomar distancia del entorno mediante su inteligencia espiritual. A diferencia de los sistemas algorítmicos que se configuran como procesadores de datos u optimizadores de código fuente con memoria infinita y velocidad de cálculo, la inteligencia humana habita la vivencia de la alegría, el amor o el remordimiento, articulando el discernimiento a través de valores éticos frente a la mera simulación o imitación de conductas.

Torralba enfatiza que la máquina no tiene experiencia real, ya que organiza bancos de datos pero resulta incapaz de odiar, amar, esperar o experimentar el vacío existencial. Por ello, el intento de automatizar la enseñanza, la salud o la atención espiritual obliga a preguntarse qué es lo verdaderamente irreemplazable de la condición humana.

Tecnoética universal frente al mito de los nuevos mesías 

Pese a su diagnóstico severo, Torralba rechaza categóricamente la tecnofobia y la nostalgia por un pasado preindustrial. Reconoce que la tecnología, entendida como herramienta, libera a la humanidad de tareas mecánicas, pesadas y repetitivas. El problema reside cuando la técnica deja de ser un instrumento para convertirse en el sistema o útero social en el que transcurre la totalidad de la existencia.

Esa dependencia absoluta provoca colapsos emocionales y sociales ante las fallas del sistema, convirtiendo a los diseñadores de software en las únicas figuras capaces de restaurar el orden. El especialista advierte que los tecnólogos se han convertido en los nuevos mesías, alertando que la cesión absoluta de decisiones colectivas a la tecnocracia implica la pérdida paulatina de la soberanía popular.

Como respuesta al avance acelerado de esta disrupción, el filósofo llama a democratizar el conocimiento tecnológico y construir una tecnoética universal. En ese marco, destaca el valor de documentos doctrinarios como la reciente encíclica Magnifica humanitas del papa León XIV como insumos clave para abordar los desafíos éticos de la inteligencia artificial.

La búsqueda de comodidad no debe derivar en una deshumanización voluntaria. Para Torralba, recuperar la soberanía exige asumir la angustia de la elección, ejercitar la contención del impulso consumista y cultivar aquellas dimensiones de la inteligencia emocional y espiritual que ningún sistema algorítmico podrá replicar.


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