Opinión • 27 de octubre de 2026
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San Martín, reducido a nada: un gigante que terminó afuera de todo

Photo of author Escribe: Nicolás Acosta

El Santo consumó su peor campaña en una década: llega a la última fecha sin chances de jugar el Reducido, quedó afuera de la Copa Argentina 2027 y volvió a profundizar la distancia con una hinchada cansada de esperar. La dirigencia pidió perdón. Pero después de un año marcado por decisiones fallidas, cambios de rumbo y promesas que no encontraron respuesta en la cancha, pedir disculpas ya no alcanza.

Hay temporadas malas. Hay temporadas en las que un equipo queda eliminado por un detalle, una lesión, una mala tarde o una pelota que pega en el palo. Y después existen años como este 2026 de San Martín de Tucumán, donde el fracaso no puede explicarse por noventa minutos ni esconderse detrás de una decisión arbitral.

A falta todavía de un partido contra Colegiales en La Ciudadela, el Santo ya no juega por nada. Tiene 46 puntos después de 35 fechas, con 11 victorias, 13 empates y 11 derrotas, apenas el 43,81% de las unidades disputadas. Está eliminado del Reducido y tampoco podrá clasificarse a la Copa Argentina 2027. El último encuentro será simplemente eso: el último partido de una temporada que se terminó antes de tiempo.

Para cualquier club sería una mala campaña. Para San Martín, por su historia, por su convocatoria, por el presupuesto que sostiene y por la obligación permanente de pelear por regresar a Primera, es un papelón deportivo.

La imagen que se repitió durante un año frustrante: San Martín nunca logró encontrar regularidad y terminó protagonizando su peor campaña de la última década.

Pedir perdón ya no alcanza

Después de la derrota contra Quilmes, Alejandro Orfila asumió públicamente la responsabilidad. Oscar Mirkin también pidió disculpas a los hinchas y reconoció que la obligación de San Martín era, como mínimo, ingresar al Reducido y pelear por el ascenso.

Está bien pedir perdón. Es mucho mejor que esconderse.

Pero no alcanza.

El hincha de San Martín no puede quedar reducido al papel de quien paga la cuota, compra una entrada, acompaña durante meses y al final recibe una disculpa cuando todo terminó. Las palabras tienen valor cuando están acompañadas por explicaciones, balances y decisiones. De lo contrario, empiezan a sonar como una escena repetida después de cada fracaso.

Porque San Martín no quedó afuera del Reducido en Quilmes. Quilmes simplemente puso la fecha de vencimiento a una temporada que llevaba meses deteriorándose. Antes estuvieron los puntos perdidos como local, las ventajas desperdiciadas, las expulsiones, la falta de gol, los partidos en los que el equipo no tuvo respuestas y los constantes cambios de dirección deportiva.

El problema, entonces, no es solamente que San Martín perdió. El problema es que durante buena parte del año dio la sensación de no saber hacia dónde iba.

De la profesionalización al proyecto que duró seis meses

La actual Comisión Directiva asumió el 4 de diciembre de 2025 encabezada por Oscar Mirkin. Una de sus principales apuestas fue la incorporación de Facundo Pérez Castro como director deportivo, dentro de un proyecto que prometía profesionalizar el fútbol y recuperar una identidad perdida.

En enero fueron presentados 13 refuerzos. Pérez Castro participó directamente del armado del plantel y de la elección de Andrés Yllana como entrenador. La estructura se mostraba como una de las grandes diferencias respecto de gestiones anteriores: habría planificación, seguimiento y una conducción deportiva profesional.

Duró medio año.

En junio, Pérez Castro fue desvinculado. Y la dirigencia tomó una decisión todavía más significativa: no contrató otro director deportivo, sino que directamente eliminó el cargo y creó una Secretaría Técnica encabezada por Hernán De Camilo y Matías Torres.

Es difícil encontrar una imagen más representativa de la temporada.

Lo que en diciembre era presentado como una pieza fundamental del nuevo San Martín dejó de existir seis meses después.

Facundo Pérez Castro fue una de las principales apuestas de la nueva dirigencia. Llegó como director deportivo y participó del armado del plantel, pero fue desvinculado en junio y el cargo directamente desapareció de la estructura.

También cambió el entrenador. Yllana salió a mitad de campeonato y llegó Alejandro Orfila. Hubo más incorporaciones, futbolistas que abandonaron el club y modificaciones permanentes. Durante el torneo se marcharon siete jugadores y hasta el entonces capitán Nicolás “Fosa” Ferreyra terminó desvinculado luego de cuestionar públicamente las constantes variantes en el equipo.

Los nombres fueron y vinieron.

Lo que nunca apareció fue una identidad.

Y ese es quizás uno de los puntos que más lastiman al hincha. San Martín siempre tuvo futbolistas que, con mayor o menor talento, terminaban identificados con la camiseta. Hoy cuesta construir referencias porque los ciclos son cada vez más breves, las plantillas se modifican constantemente y cada nuevo mercado parece comenzar desde cero.

El famoso “peso en AFA” que nunca se vio reflejado

Aquí también conviene separar responsabilidades.

Facundo Pérez Castro fue la apuesta deportiva. La promesa de recomponer la presencia institucional de San Martín en AFA fue de la dirigencia.

Antes de las elecciones, Mirkin sostuvo que San Martín había perdido peso político, que “no estaba bien visto en AFA” y que debía recuperar diálogo y presencia en los ámbitos donde se toman decisiones. Ya como presidente, informó reuniones con Pablo Toviggino, miembros del Tribunal de Disciplina y representantes del Consejo de Árbitros.

Incluso durante 2026 Mirkin llegó a ser elegido delegado suplente de la Primera Nacional ante la Asamblea de AFA. Pero el año terminó acumulando decisiones arbitrales cuestionadas por el propio club, sanciones discutidas y la sensación dirigencial de que determinados fallos perjudicaron reiteradamente al equipo.

Eso no significa que tener “peso” deba traducirse en favores arbitrales. San Martín no necesita favores. Necesita respeto institucional, representación y reglas iguales para todos.

Pero si recuperar presencia en AFA fue una de las banderas de campaña, la dirigencia también debe explicar qué se consiguió concretamente.

Especialmente porque esa relación arrastra una herida mucho más antigua.

Aquellos 44 puntos que todavía pesan

Para entender la sensibilidad del hincha con AFA hay que volver a 2020.

San Martín lideraba su zona de la Primera Nacional cuando la pandemia interrumpió el campeonato 2019/20. Había acumulado 44 puntos y estaba encaminado a disputar la definición prevista originalmente para los líderes. AFA terminó aquella competencia y posteriormente organizó un torneo de transición donde todos comenzaron nuevamente desde cero.

En el lenguaje del hincha quedó grabado de una manera mucho más directa: “nos borraron 44 puntos”.

San Martín llevó su reclamo hasta el Tribunal Arbitral del Deporte buscando que se reconociera su posición deportiva. El TAS finalmente rechazó la presentación y confirmó la decisión de AFA.

Aquella disputa deterioró profundamente el vínculo institucional. Hubo declaraciones cruzadas, enfrentamientos públicos y hasta denuncias contra el entonces presidente Roberto Sagra que finalmente fueron desestimadas por el Tribunal de Disciplina.

Por eso hablar hoy de recuperar “peso en AFA” no es una frase menor para el hincha de San Martín.

Es tocar una herida que todavía no terminó de cerrar.

Del primero al décimo: siete años que explican la caída

La mejor forma de comprender la gravedad de 2026 es mirar hacia atrás.

En el torneo de transición de 2020, después del conflicto por la interrupción de la temporada anterior, San Martín terminó octavo en su Zona Campeonato pero igualmente avanzó a la etapa eliminatoria por el segundo ascenso.

En 2021 terminó cuarto en la Zona A y llegó a los cuartos de final del Reducido, donde fue eliminado por Ferro.

En 2022 fue tercero en la tabla general, superó el 60% de efectividad y volvió a disputar los cuartos de final, esta vez cayendo frente a Defensores de Belgrano.

En 2023 terminó tercero en su zona y Deportivo Riestra lo eliminó en la primera instancia del Reducido.

En 2024 hizo una campaña extraordinaria: 81 puntos, primer puesto de su zona y 71% de efectividad. Jugó la final por el primer ascenso contra Aldosivi y, después de perderla, llegó hasta las semifinales del Reducido, donde Gimnasia de Mendoza terminó con la ilusión en La Ciudadela.

En 2025 terminó sexto y volvió a jugar el Reducido, aunque Deportivo Morón lo eliminó inmediatamente.

Y llegó 2026.

Décimo a una fecha del final. Afuera del Reducido antes de jugar la última jornada.

La evolución es brutal: primero en 2024, sexto en 2025 y afuera de todo en 2026.

No es una sensación. Es una curva descendente.

En noviembre de 2024, miles de hinchas viajaron a Rosario convencidos de que el regreso a Primera estaba cerca. Dos años después, San Martín llega a la última fecha sin siquiera haber clasificado al Reducido.

También afuera de la Copa Argentina

El golpe tiene una segunda parte.

San Martín tampoco jugará la Copa Argentina 2027. El reglamento clasifica a los siete mejores equipos de cada zona de la Primera Nacional y al mejor octavo. Con 46 puntos y un máximo posible de 49, el Santo ya no puede alcanzar esas posiciones.

Para encontrar el antecedente más reciente de San Martín quedándose afuera de la competencia hay que remontarse a 2017.

Eso dimensiona todavía más el fracaso.

No solamente no habrá ascenso.

No solamente no habrá Reducido.

El próximo año tampoco habrá Copa Argentina.

La temporada 2026 consiguió borrar, uno detrás de otro, prácticamente todos los objetivos deportivos disponibles.

La Ciudadela dejó de ser una fortaleza

Hay otro dato que debería preocupar más que cualquier tabla: la relación con la gente.

En 2024, San Martín obtuvo en La Ciudadela el 77% de los puntos y perdió apenas un partido como local. En 2025 ese rendimiento cayó al 50%. Durante 2026 la tendencia volvió a deteriorarse y el equipo apenas consiguió siete victorias como local en sus primeros 35 partidos de campeonato.

En paralelo, la concurrencia sufrió una merma evidente respecto de aquellas temporadas en las que La Ciudadela era una de las imágenes más impactantes del ascenso argentino. La final perdida frente a Aldosivi en Rosario marcó un quiebre emocional y los resultados posteriores nunca lograron reconstruir completamente ese vínculo.

Hubo grandes recibimientos. Hubo partidos con mucha gente. El hincha nunca desapareció.

Pero se apagó la expectativa.

Y eso es mucho más peligroso.

Porque el enojo todavía supone interés. El hincha que insulta, protesta o reclama todavía está involucrado. El verdadero problema aparece cuando deja de ir, deja de asociarse y deja de creer.

El año comenzó con ilusión y un gran recibimiento. Con el paso de los meses, los malos resultados volvieron a profundizar la distancia entre el equipo y su gente.

Cinco conducciones y una pregunta que sigue sin respuesta

San Martín tampoco puede analizar 2026 como si todo hubiera empezado en diciembre.

Los últimos cinco ciclos presidenciales muestran una institución que lleva más de una década buscando estabilidad. Jorge Garber fue elegido en 2013 para completar un mandato inconcluso. Oscar Mirkin asumió en 2014 y permaneció hasta 2017. Roberto Sagra ganó las elecciones de ese año y condujo al club hasta 2021. Rubén Moisello asumió entonces, fue reelecto en 2024 y su segunda gestión terminó anticipadamente en 2025. Finalmente, Mirkin regresó a la presidencia en diciembre de 2025 para completar el período que vence en junio de 2027.

Presidentes distintos. Modelos distintos. Entrenadores distintos. Planteles distintos.

Y una misma pregunta que atraviesa los años:

¿Por qué San Martín nunca termina de construir un proyecto que sobreviva al próximo resultado?

El club ascendió, descendió, llegó a finales, encabezó campeonatos, cambió entrenadores mientras estaba arriba, modificó estructuras deportivas y volvió a comenzar demasiadas veces.

Un club grande no puede vivir refundándose cada diciembre.

La asamblea que San Martín necesita

La dirigencia actual tiene mandato hasta junio de 2027 porque Mirkin fue elegido para completar el período iniciado por la conducción anterior. El propio presidente reconoció que el calendario genera un problema: las próximas elecciones caerían en pleno desarrollo del campeonato y planteó públicamente la necesidad de discutir una reforma del estatuto en una asamblea.

Entonces hay una oportunidad.

Si una parte importante del Pueblo Ciruja reclama votar antes, incluso en diciembre; si la propia dirigencia considera inconveniente votar en junio; y si el estatuto necesita ser actualizado, el debate tiene que darse de frente a los socios.

No mediante rumores.

No mediante operaciones.

No esperando que el próximo resultado tape la discusión.

Una asamblea puede ser el ámbito para discutir el calendario electoral, los balances, el modelo deportivo, la estructura de fútbol profesional y qué club pretende construir San Martín para los próximos años.

Si finalmente la norma vigente obliga a llegar hasta junio de 2027, que las elecciones se celebren en junio.

Pero que lleguen con reglas claras, información accesible y participación real.

¿Y ahora quién sostiene el club cuando se apagan las luces?

La temporada oficial termina y aparece otro desafío que suele recibir mucha menos atención: los meses sin fútbol.

Cuando asumió en diciembre de 2025, la actual dirigencia explicó que contaba con apoyo empresario para atravesar el período sin ingresos de boletería hasta el inicio del torneo. Durante este año, Mirkin también reconoció la existencia de desfasajes financieros, aunque sostuvo que el club no estaba quebrado.

Ahora el problema vuelve.

¿Cómo se sostendrá el presupuesto hasta 2027? ¿Qué contratos continuarán? ¿Qué jugadores se venderán? ¿Qué presupuesto tendrá el próximo plantel? ¿Cómo se intentará recuperar socios? ¿Qué beneficios tendrá quien mantenga su cuota durante meses sin competencia? ¿Cómo se convencerá al hincha de volver a pisar La Ciudadela después de este año?

Esas respuestas deberían conocerse antes de anunciar veinte refuerzos.

Porque atar nuevamente al hincha a San Martín no puede depender de una campaña publicitaria en febrero.

Hay que reconstruir confianza. Y la confianza se construye diciendo qué se hará, cuánto costará y quién será responsable. El peligro no es únicamente no ascender, pero sería un error enorme utilizar ese dato como consuelo, los clubes grandes también empiezan a achicarse cuando normalizan objetivos cada vez menores.

Primero, el ascenso era una obligación.

Después, parecía aceptable entrar al Reducido.

Ahora ni siquiera se logró eso.

Si esa vara continúa bajando, nada garantiza que dentro de un año la discusión vuelva a ser cómo ascender. Algún día puede terminar siendo cómo no caer todavía más abajo.

San Martín es demasiado grande para acostumbrarse

El mismo que llenó La Ciudadela. El que recorrió el país. El que llevó decenas de miles de personas a Rosario. El que vivió ascensos, descensos, finales perdidas y campañas interminables en el fútbol de ascenso. A ese hincha no se le puede pedir paciencia indefinidamente.

Tampoco alcanza con decirle que se hizo “todo lo posible”.

Porque si después de hacer todo lo posible San Martín termina décimo, afuera del Reducido y sin Copa Argentina, entonces hay que preguntarse si lo posible estuvo bien hecho. 2026 tiene que quedar para el olvido. Pero olvidarlo no significa enterrarlo, significa entenderlo. Revisar qué se hizo mal, quién tomó cada decisión, qué estructura fracasó y qué tiene que cambiar.

La Comisión Directiva todavía está a tiempo de modificar el rumbo. Puede abrir el club, convocar a los socios, transparentar el futuro económico, revisar el proyecto deportivo y asumir que la magnitud de San Martín exige mucho más que buenas intenciones.

O puede continuar administrando la frustración hasta junio.

Ese es el verdadero partido que ahora tiene por delante. Porque este año, por primera vez en mucho tiempo, San Martín ni siquiera llegó a jugar el partido que todos daban por descontado.

No perdió el Reducido. Terminó reducido a nada.

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