Los últimos días del noveno mes pasaron volando y, con el cambio de hoja en el calendario, las cintas amarillas comenzaron a desaparecer de los perfiles digitales y de las agendas institucionales. La rutina recupera su pulso habitual y la sociedad parece suspirar con la tranquilidad de haber cumplido con la cuota anual de concientización. Sin embargo, con la campaña ya finalizada, la realidad nos devuelve a lo cotidiano. En los hogares la mesa está servida y la familia se reúne a compartir un día más; pero en algunos comedores hay una silla vacía, teñida de una ausencia punzante que nadie se atreve a mirar de frente, pero que duele como el primer día, sin importar cuánto tiempo haya pasado. Se sigue comiendo, se habla de trivialidades y se intenta canalizar la calma faltante para terminar la jornada. Esa imagen es la síntesis de nuestra identidad social: la incapacidad de enfrentar por completo el dolor propio y el ajeno.
Cuando la salud mental de un miembro de la familia se quiebra bajo el peso de la depresión, la ansiedad o las dificultades de enfrentar una condición nueva —a partir de un diagnóstico o un accidente—, no queda afectado un individuo de forma aislada; se desestabiliza la estructura familiar entera. Ante el cambio y las adversidades, la reacción más común suele ser el despliegue de mecanismos defensivos: se oculta la crisis bajo el manto de los tabües de siempre, se minimiza el síntoma, se lo niega con el “no tenés nada, no seas tonto” o se apela a la sobreexigencia del “tenés que poner de tu parte”, acompañado del clásico “estás exagerando”. El peligro más grave ocurre cuando el entorno confunde el aislamiento progresivo y la falta de quejas con un estado de tranquilidad o con un “mal momento” pasajero. Ese silencio no es paz; es resignación, el grito de auxilio ahogado de una mente exhausta que ya no encuentra fuerzas para explicar el tormento que padece a puertas cerradas. Con el pasar de las semanas, las máscaras mejoran su apariencia y la agonía se profundiza, incrementando el riesgo de “aquella” terrible decisión.
En una provincia atravesada por urgencias sociales y por una fuerte impronta de apariencias y mandatos de fortaleza, autosuperación e independencia absoluta, el costo de no hablar es altísimo. Quien llega al extremo de contemplar la ideación suicida no está tomando una decisión impulsiva ni egoísta; está experimentando el colapso absoluto de sus fuerzas tras haber soportado réplicas silenciosas de dolor durante meses. Por eso, la prevención real no se logra con frases hechas por un optimismo superficial ni con slogans prefabricados de un solo uso al año, registrados en video para su futuro uso estratégico y político.
Con el pasado 10 de octubre como fecha internacional de concientización de la salud mental y a un año de la aprobación unánime de la ley provincial N° 9.923 —el 18 de septiembre de 2025—, la realidad comunitaria no muestra avances. Por el contrario, nos enfrenta a una seguidilla diaria de tragedias que desbordan los portales —suicidios, filicidios y estallidos de violencia en los hogares y en la vía pública— que evidencian el colapso social, mientras transcurren los días sin rendiciones de cuentas ni informes serios de gestión. Tucumán necesita con urgencia una ley de acceso a la información pública para saber a dónde van a parar las partidas presupuestarias prometidas que no parecieran llegar a la gente, ni en inversión edilicia o prestación de servicios. Prevenir exige la valentía de sentarse en medio de los escombros de quien sufre, validar su cansancio y demostrarle, con acciones concretas y presencia constante, que quedarse siempre vale la pena y que la reestructuración del vínculo con uno mismo y con los demás sí es posible.
Hay, además, un hilo invisible que conecta la vulnerabilidad presente con las situaciones familiares no resueltas. Crecer en entornos donde el afecto estuvo condicionado o fue inconsistente, o donde reinó el abandono emocional, deja marcas profundas de desamparo. Son huellas silenciosas que moldean el modo en que nos relacionamos con los demás: en la escuela, en el trabajo, con los otros conductores en el semáforo, con el agente de tránsito, el niño que juega en la vereda y hasta con la mascota de ese amigo durante el asado del fin de semana. Sin embargo, reconocer el peso de la historia no significa estar condenados a repetir sus trágicos finales, a perpetuar patrones de conducta o a resignarnos a una etiqueta impuesta por la incomprensión. Pedir ayuda profesional, nombrar lo que nos desgarra por dentro y negarnos a continuar el sufrimiento que otros no pudieron procesar es el acto de valentía y amor propio más grande que podemos ejercer… y el primer paso para animar a otros a hacer lo mismo.
Pasó septiembre, octubre va por la mitad. Las frases encantadas de las redes sociales ya se archivaron. La pregunta que nos queda responder como sociedad, como familias y como comunidad tucumana es si seremos capaces de mirar las sillas amarillas que aún nos rodean; no para taparlas con el ruido del día a día, y mucho menos para intentar cambiarles el color, sino para construir redes reales de contención donde nadie más tenga que atravesar la oscuridad en soledad. Redes donde uno mismo pueda afrontar los contratiempos de la vida, con la seguridad de que todo pasa, y de que solo hace falta tiempo, acompañamiento y perseverancia para sanar.


