Opinión • 12 de octubre de 2026
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12 de Octubre: la herencia que nos negamos a mirar

Cada año la fecha se discute como si fuera un tribunal. Conviene recordar qué pasó, qué construyó España en América y cómo esa matriz católica y mestiza llegó hasta la Argentina.

Photo of author Escribe: Ezequiel Aguilera

Vale la pena detenerse y preguntarse qué se celebra, qué se condena y qué se ignora cuando se habla de 1492.

El 12 de octubre es en la Argentina una de esas fechas que cambian de nombre según quien gobierne. En 1917, bajo Hipólito Yrigoyen, fue Día de la Raza. En 2010 la declararon como Día del Respeto a la Diversidad Cultural y actualmente bajo la administración del presidente Javier Milei, volvió a llamarse el Dia de la Raza. Frente a la encrucijada de nombres, el sacerdote vizcaíno Zacarías de Vizcarra propuso desde Buenos Aires, en plena década de 1920, la noción de Día de la Hispanidad, una propuesta que rápidamente cobró fuerza en el continente. El hecho de que este debate conceptual se haya gestado en el Río de la Plata dice mucho sobre el protagonismo de la región en la reelaboración de la identidad hispanoamericana.

Una América que no era un jardín 

Buena parte del relato contemporáneo imagina una América precolombina armoniosa a la que Europa habría llegado únicamente a destruir. Sin embargo, esa imagen idílica no resiste el análisis histórico: el continente anterior a 1492 conoció sacrificios humanos rituales, guerras de expansión, tributos forzados a los vencidos y estructuras absolutistas que no concebían la igualdad de derechos entre las personas.

Grandes imperios como el mexica o el inca dominaban con mano de hierro a las poblaciones sometidas. La Triple Alianza con centro en Tenochtitlan exigía tributos en alimentos, trabajo y cautivos para el sacrificio, mientras que en los Andes el Tahuantinsuyo articulaba la servidumbre mediante el trabajo obligatorio de la mita.

Ese escenario explica un fenómeno que las narrativas simplificadas suelen omitir: la Conquista no fue la irrupción de unos pocos cientos de españoles contra millones de nativos indefensos, sino una auténtica guerra civil entre naciones indígenas en la que los europeos funcionaron como catalizadores. Señoríos históricamente oprimidos, como los tlaxcaltecas o los texcocanos, se aliaron masivamente a Hernán Cortés para sacudirse el yugo azteca.

El historiador Juan Miguel Zunzunegui señala por eso que nunca existió un mero «ejército de ocupación» europeo, sino el surgimiento de una sociedad compartida, mestiza y cristiana sobre las ruinas de un orden tiránico. Discutir la versión romantizada de la América precolombina no pretende justificar los excesos del proceso posterior, sino devolverle al hecho histórico su auténtica complejidad política, humana y cultural.

Cómo se vivía: orden social y sacrificio ritual 

Hablar de la América precolombina exige evitar dos errores: idealizar a estos pueblos o reducir sus avanzadas culturas a una sola práctica. Eran sociedades complejas, con agricultura, arte y leyes, pero también jerárquicas, tributarias y violentas, donde el sacrificio humano ocupaba un lugar central.

El mundo mexica. Creían que el universo se sostenía con sangre ofrecida a los dioses. Para obtener cautivos, celebraban las «guerras floridas». El rito principal consistía en extraer el corazón de la víctima en el Templo Mayor y exhibir su cráneo en el tzompantli. Aunque se discuten las cifras, la arqueología confirmó la escala de estas prácticas al hallar el Huei Tzompantli y restos de niños ofrecidos a Tláloc en la Ciudad de México. Relatos de cronistas como Bernal Díaz del Castillo o fray Bernardino de Sahagún reflejan el espanto europeo que sirvió para justificar la conquista, pero la evidencia física respalda lo esencial.

Mayas e incas. Los mayas practicaban sacrificios en cenotes como el de Chichén Itzá. En el mundo andino, el Inca realizaba la capacocha, ofreciendo niños en las altas cumbres; un testimonio directo de esto en Argentina son los Niños del Llullaillaco hallados en Salta.

El Litoral y el Río de la Plata. Aunque no existieron imperios, cronistas como Ulrich Schmidl y misiones jesuíticas registraron antropofagia ritual entre grupos tupí-guaraníes.

La vida cotidiana. La violencia no agota esta historia. Los mexicas contaban con escuelas y mercados admirables como Tlatelolco, y los incas trazaron el Qhapaq Ñan y redes de redistribución. Sin embargo, omitir la servidumbre, el tributo y los sacrificios distorsiona la realidad de ese mundo.

Una comparación necesaria: El siglo XVI europeo también fue violento, con torturas, ejecuciones públicas y guerras de religión. La diferencia que destacan los historiadores hispanistas es que en Europa la violencia no formaba parte del culto religioso, sino que la doctrina cristiana la condenaba en teoría.

Un imperio que se juzgó a sí mismo 

Lo singular de la empresa española no fue solo su alcance, sino la discusión jurídica y moral que la acompañó. En 1504, Isabel la Católica dejó escrito en su codicilo que los indios debían ser bien tratados. En 1512, las Leyes de Burgos regularon por primera vez el trabajo indígena. En 1537, la bula Sublimis Deus declaró que los indios eran verdaderamente hombres, capaces de fe y no esclavizables. En 1539, Francisco de Vitoria sentó en Salamanca las bases del derecho de gentes al reconocer a los pueblos americanos como sujetos de derecho. Las Leyes Nuevas de 1542 limitaron la encomienda, y entre 1550 y 1551 se debatió en Valladolid, ante teólogos y juristas, la legitimidad de la conquista, con Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda como protagonistas. 

Ninguna otra potencia de la época sometió su propia expansión a un examen semejante. Las leyes no siempre se cumplieron, y la fórmula administrativa del «se acata pero no se cumple» es la prueba de ello. Pero que existieran, que se discutieran y que la crítica más dura la hiciera un fraile dentro del propio sistema es un dato que merece más lugar en la conversación pública. 

A esa obra jurídica se sumó la cultural: universidades en Santo Domingo (1538), Lima y México (1551), imprenta en México desde 1539, y gramáticas y vocabularios de lenguas indígenas elaborados por los misioneros. Una colonia puramente extractiva no se ocupa de esas cosas. Zunzunegui lo dice con una imagen elocuente: quien levanta una catedral que tarda doscientos años en terminarse no está de paso, se queda a vivir.

El mestizaje como hecho fundante 

El rasgo distintivo de la América española fue el mestizaje biológico y cultural. Desde el inicio, la Corona promovió las uniones mixtas y reconoció la nobleza de los caciques bautizados. De esa integración nacieron figuras clave para la cultura universal, como el Inca Garcilaso de la Vega, símbolo de la síntesis entre ambos mundos.

La evangelización operó como el otro gran motor de este proceso, destacándose por la preservación de las lenguas locales. Los misioneros aprendieron y codificaron el náhuatl, el quechua y el guaraní. Hitos como la fundación del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco (1536), las investigaciones de fray Bernardino de Sahagún y la primera gramática quechua de fray Domingo de Santo Tomás (1560) permitieron salvar el patrimonio lingüístico y cultural indígena.

A la par, el Estado y la Iglesia con las órdenes religiosas levantaron una red asistencial inédita, reflejada en el Hospital de Jesús en México o los hospitales-pueblo de Vasco de Quiroga en Michoacán. Sin ocultar la violencia de la conquista o la dureza de las encomiendas, estas instituciones demuestran que en América no se erigió un mero sistema extractivo, sino una civilización mestiza con identidad propia.

Los franciscanos: misioneros, maestros y lingüistas 

La Orden Franciscana encarnó el motor cultural y evangélico de la Hispanidad. Tras la llegada en 1524 de los «Doce Apóstoles» a México, la orden sostuvo que la fe debía transmitirse pacíficamente y en los idiomas autóctonos.

Ese principio se tradujo en una obra pedagógica sin precedentes. Fray Pedro de Gante fundó la escuela de San José de los Naturales para enseñar lectura, música y oficios a los jóvenes nativos, dando origen al arte mestizo. Pocos años después, el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco reunió a los hijos de la nobleza indígena para formar instructores en latín y retórica. De ese entorno surgió el monumental Códice Florentino de fray Bernardino de Sahagún, así como los primeros gramáticas y diccionarios náhuatl. Además, el obispo franciscano Juan de Zumárraga promovió la llegada de la primera imprenta de América en 1539, salvando para la historia la memoria precolombina.

En el actual territorio argentino, la impronta franciscana fue igual de decisiva. Fray Luis de Bolaños tradujo el catecismo al guaraní y diseñó las primeras reducciones del Litoral, mientras San Francisco Solano recorría el Tucumán predicando en lenguas nativas. Esta tradición se integró con naturalidad a la construcción de la Patria: fray Luis Beltrán actuó como el genial armero y fabricante de cañones del Ejército de los Andes de San Martín, y fray Mamerto Esquiú inmortalizó en 1853 su célebre sermón en defensa de la Constitución Nacional.

Ciertamente, la gesta no careció de sombras. La persecución de antiguas creencias llevó a figuras como el propio Zumárraga o fray Diego de Landa a destruir códices e idolatrías. Sin embargo, la historiografía hispanista resalta que, paradójicamente, fueron esos mismos frailes franciscanos quienes registraron y salvaron de la pérdida definitiva el patrimonio cultural de los pueblos originarios.

El relato que nos contaron: origen y permanencia de la Leyenda Negra 

¿Por qué la imagen dominante sobre la Hispanidad es la contraria a los hechos? María Elvira Roca Barea sostiene en Imperiofobia y leyenda negra que todo imperio hegemónico genera una propaganda hostil defensiva en sus rivales. En el caso español, este relato antihispánico nació de la rivalidad con la Italia renacentista, la rebelión de los Países Bajos y la pugna con la Inglaterra protestante, cobrando un impulso decisivo a través de la imprenta.

Piezas clave de esa propaganda fueron la Apología de Guillermo de Orange (1581) y, especialmente, la instrumentalización de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de las Casas. Un texto ideado para impulsar reformas internas fue reeditado en Europa con las célebres e impactantes ilustraciones de Theodor de Bry (1598), transformando una denuncia doméstica en munición geopolítica que fijó en el imaginario colectivo una visión distorsionada de la conquista.

El concepto, formulado conceptualmente por Julián Juderías en 1914 tras antecedentes como los de Emilia Pardo Bazán, responde a un fenómeno recurrente: la vara asimétrica con la que se juzga a las grandes potencias, como también ocurrió con Roma o Estados Unidos. Sin embargo, como advierte Juan Miguel Zunzunegui, no toda crítica histórica a España constituye Leyenda Negra, y usar el término como un blindaje automático resta rigor al análisis. Desmontar este relato no busca postular una visión inocente, sino restituir la verdad histórica frente a un estereotipo propagandístico que sigue utilizándose por su rentabilidad ideológica y política.

La Hispanidad: de Buenos Aires a la identidad argentina 

El concepto que organiza y le da cuerpo a esta tradición posee una insoslayable impronta rioplatense. A fines de la década de 1920, Ramiro de Maeztu —entonces embajador de España en la Argentina— dictó en Buenos Aires una célebre conferencia de la cual nació Defensa de la Hispanidad (1934). Para el intelectual español, la Hispanidad no constituía una mera pertenencia geográfica, sino una misión espiritual basada en la dignidad ontológica e igualdad de los hombres ante Dios. Si bien su pensamiento sufrió posteriormente la apropiación política del franquismo, quien valora la Hispanidad como patrimonio cultural debe deslindar su esencia universal de aquel uso ideológico.

Ese molde cultural, jurídico y febril fue el que vertebró el actual territorio argentino a través de la fundación de sus ciudades, la trama edilicia en torno a la plaza, el cabildo y la iglesia, y la impronta universitaria e indígena impulsada por órdenes como la jesuítica y la franciscana. Desde Santiago del Estero (1553) hasta la segunda fundación de Buenos Aires (1580), pasando por la creación del obispado y la Universidad de Córdoba, se tejió un tejido social donde la fe impregnó la cultura popular a través de devociones como las de Luján, el Valle, Itatí y la Virgen de la Merced.

Tucumán constituye el escenario paradigmático donde se entrelazan esta Herencia hispánica y el nacimiento de la Patria. Nudo estratégico en el camino real entre el Potosí y Buenos Aires, la provincia presenció cómo la causa revolucionaria se expresó en el mismo lenguaje de su tradición: la batalla del 24 de septiembre de 1812, Manuel Belgrano atribuyó el triunfo a la Virgen de la Merced, nombrándola Generala del Ejército. Cuatro años más tarde, el Congreso de Tucumán de 1816 —integrado por numerosos clérigos y cuya Acta de Independencia fue traducida al quechua y al aymara— declaró la emancipación invocando la protección divina.

Esta continuidad identitaria sobrevivió a las reformas borbónicas, a la expulsión de los jesuitas y al laicismo de la Generación del 80. Se plasmó de forma definitiva en la Constitución Nacional de 1853, cuyo Preámbulo apela a «Dios, fuente de toda razón y justicia» y cuyo artículo 2 ratifica el sostén del culto católico. La lengua castellana, el derecho de raíz romana y las instituciones fundamentales dan cuenta de que la Argentina no nació de una ruptura completa con su pasado, sino como la plasmación criolla y viviente de esa gran síntesis hispánica.

Lo que dicen los críticos 

Un análisis honesto debe registrar las objeciones principales al relato hispanista. En primer lugar, la dramática caída demográfica indígena tras 1492: aunque la investigación atribuye la mayor parte del colapso a las epidemias, diversos historiadores enfatizan el impacto del trabajo forzoso en encomiendas y mitas. Si bien autores como Juan Miguel Zunzunegui descartan la noción de genocidio, sus críticos señalan que la responsabilidad del sistema colonial sigue siendo innegable.

Por otro lado, la antropología cuestiona el uso del término «barbarie» por su sesgo eurocéntrico, recordando los avanzados logros precolombinos en astronomía, ingeniería y urbanismo. Asimismo, la obra de María Elvira Roca Barea genera intensos debates en el ámbito académico. Finalmente, en la Argentina la herencia hispánica no actúa de forma aislada, sino que coexiste con el liberalismo laicista de la Generación del 80, el peso de la inmigración masiva y las posteriores campañas estatales sobre la frontera indígena.

Conocer para poder discutir

Nada de esto obliga a elegir entre la idealización y la condena. Los abusos de la conquista existieron y quedaron documentados por los propios españoles. La obra jurídica, universitaria, misional y lingüística también existió, y sigue ahí, en la lengua que usamos para discutirlo.

El 12 de octubre es una invitación a conocer de dónde venimos con las mismas exigencias de rigor que pedimos para el presente. Solo quien conoce su herencia puede aceptarla, corregirla o rechazarla con fundamento. Y quien la ignora, por indiferencia o por prejuicio, queda sin elementos para entenderse a sí mismo.

Esperamos tu Donación.